Archivos mensuales: noviembre 2012

FELIZ NAVIDAD PROSPERO 2013

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LA VISPERA

LA VISPERA

Eligio Palacio Roldán

El viajero se siente descubierto. Como puede, se oculta tras un pendón colgado en una columna, que anuncia una promoción de fin de año; tras ella permaneció cerca de cinco horas, muchos años atrás, la víspera de la tragedia.

Mira de reojo para todos lados con un pánico creciente: las paredes del lugar han sido cubiertas con espejos, donde se reflejan hombres y mujeres que hacen esfuerzos inútiles. No puede permanecer oculto. Se arrodilla, pone las manos sobre su cabeza y por infinitos segundos espera el fuerte golpe que no llega. Recuerda:

La víspera fue un sábado en la noche, día de mercado: Otilia, Leonor, Adolfo y Donato habían tocado, bailado y cantado por más de cuatro horas. Ahora Otilia estaba frente al espejo radiante. Un grito de espanto se escuchó en el lugar: Jesús había tomado a Marina por el cuello  y amenazaba degollarla:

–       Si no regresan al escenario, esta mujer está muerta, vociferó.

Marina, sollozando, gritaba. Otilia trataba de convencer a Jesús, que también llorando,  pedía que le repitieran una canción: Tabú.

Jesús, uno de los pocos negros del pueblo, había llegado una media hora antes al café. Estaba borracho. Pidió un aguardiente y luego otro y luego otro más. Marina, que le brindó el licor, creyó que ya había abandonado el lugar, pero no era así. Permaneció escondido, entre las cortinas, mientras los últimos clientes abandonaron el sitio. Luego atacó a Marina.

Después de una hora de conversaciones los artistas regresaron al escenario y Otilia entonó una versión de la canción de Margarita Lecuona:

Tierra del África lejana
Del rio, caudaloso, el cielo azul
Tierra del África lejana
Del rio, caudaloso, el cielo azul
Las oscas selvas primitivas
De dioses misteriosos y de fieras
Tierra del África lejana
Llena mi cuerpo de candela
Y aquí si el negro mira la hembra blanca
Y aquí si el negro mira la hembra blanca
Tabú, tabú, tabú
Tabú, tabú, tabú
Tierra del África añorada
Llena mi cuerpo de candela
Oshun, Ifá, Obatalá, Chango, y Yemayá
Oshun, Ifá, Obatalá, Chango, y Yemayá
Tierra del África añorada
Llena mi cuerpo de candela
Y aquí si el negro mira la hembra blanca
Y aquí si el negro mira la hembra blanca
Tabú, tabú, tabú
Tabú, tabú, tabú

 Jesús conoció a Luciana desde niña, primero la miró con ternura, después con amor, con deseo, con pasión, con lujuria. Luciana conoció a Jesús cuando éste era  adolescente, primero lo miró con ternura, después con temor, con terror.  Jesús creyó que había entre ellos un amor posible en una sociedad racista, discriminadora, excluyente. Luciana nunca sintió amor por él, tan solo algo de cariño y lástima.

Jesús trató de cortejarla desde niña: la esperaba a la salida de la escuela, a la salida de la iglesia, en el camino que la conducía a su casa. La cargaba en andas, cuando representaba un ángel en las procesiones. La espiaba desde una tapia cuando lavaba ropa, en el estanque empedrado. Ella un día le sonrió y él sintió que le temblaban las piernas, que su corazón latía más rápido, que su cuerpo se estremecía.

Un día, Luciana sintió que alguien la observaba, que alguien la perseguía, que alguien la amenazaba. No supo qué hacer. Trató de huir…

Jesús exigió la repetición de la canción hasta que la luz comenzó a apartar las sombras del pueblo. En ese instante, pidió perdón y luego caminó lentamente por la calle más larga del caserío hasta que desapareció, en medio de la neblina.

Lo que sucedió ese domingo, quedó grabado, para siempre, en la memoria del pueblo.

El viajero escucha una carcajada del hombre, al que confundió con Jesús, al despedirse. Vuelve al presente, se tranquiliza. Este  no puede ser Jesús;  él, en su vida, jamás sonrió.

Versión de Tabú de Margarita Lecuona (Otilia Naranjo, Donato, Adolfo)

EL SIGLO XXI

EL SIGLO XXI

Eligio Palacio Roldán

El viajero observa emocionado las puertas de lo que fue el Café de doña Otilia. Aquella mujer que un día llegó al pueblo con sus cientos de maletas cargadas de  teatro, música, bohemia.

Al comienzo fue recibida con desconfianza, con curiosidad, con envidia. Muchos se persignaron presintiendo un tiempo de pecado.

Un domingo, el Café abrió su par de grandes puertas de dos alas y las dudas desaparecieron para dar paso a la admiración: Las cortinas de encajes color ocre, las sillas estilo vienés, las lámparas que parecían abarcar todo el espacio,  el escenario con un gran micrófono, las guitarras, el piano y luego la casa de Otilia con los cuadros de pinturas gigantes, los muebles estilo Luis XV y un extraño aparato donde la mujer metía su cabeza para secar el cabello.

El viajero cruza la puerta izquierda del antiguo café. Desea tomarse una mañanita (Un aguardiente con leche caliente y algo de azúcar); una intensa luz azul  ciega sus ojos; un ruido de una canción, quizás en otro idioma, le ensordece; cientos de personas deambulan de un lugar a otro. El no sabe porqué.

Se acerca al lugar  donde una vitrina de vidrio transparente reemplaza el antiguo mostrador de madera. Una jovencita de unos 16 años le pregunta que desea consumir. El hombre no sabe que pedir, no conoce los productos que se exhiben, tampoco puede leer las marcas que se le antojan extrañas.

–         Un vaso con leche, dice entre dientes el viajero

–         Light o deslactosada,   pregunta la vendedora

–         De vaca, responde el viajero

El hombre fija su mirada en varias personas que corren sobre una banda sin llegar a ninguna parte, otros compiten en velocidad sobre unas bicicletas que no se mueven ni un centímetro, algunos más levantan grandes pesos que  luego depositan en el mismo sitio.

En otro espacio unos más parecen jugar con grandes balones, una mujer rolliza sube y sube por una escalera sin llegar a ningún lado. Todos visten ropas extrañas, ceñidas a unos cuerpos que parecen esculpidos. Sudan copiosamente.

El viajero siente que ese mundo imaginario que lo estremeció, en la década del 70,  ya llegó. Y él está aquí en el siglo XXI. Siente terror.

Llegan a su mente las imágenes que construyó cuando leyó la novela de Max Ehrlic EDICTO SIGLO XXI. En ella se relataba la historia de una humanidad, en una tierra superpoblada, controlada en los más mínimos detalles por un poder central, y condenada,  por el hacinamiento, a no reproducirse.  Recuerda la fuga de una pareja embarazada, recorriendo  montañas de basuras y expuesta a la radioactividad.

En una escena de la novela,  grupos de hombres, también sudorosos, trasladan piedras de un andén a otro que luego regresan al lugar de origen, por cientos y cientos de veces, tratando de pasar el tiempo y no enloquecer.

Un hombre de color negro, fuerte, musculoso, se acerca. El viajero palidece, un sudor frío le recorre el cuerpo: No puede ser que Jesús también esté de vuelta, después de tantos años…

Continuará…